Si existieran los anales en los que se consignaran escrupulosamente las ultimas palabras del ajusticiado, y se tuviera el valor de leerlas, si se interrogara al vil populacho que una curiosidad cruel reune en torno a los patibulos, responderia que no hay culpable atado a la rueda que no muera culpando al cielo de la miseria que lo ha conducido al crimen, reprochando a sus jueces su barbarie, maldiciendo el ministerio de los altares que lo acompañan, y blasfemando contra el Dios cuyo organo es.
Cuando se ve temblar a un condenado no se piensa en la verguenza. Pero para el pueblo, que esta alli y contempla existe siempre un motivo de venganza. Con mas pretexto si a la sentencia se la considera injusta, y si se ve ajusticiar a un hombre del pueblo por un crimen que a cualquiera de mejor cuna o mas rico le hubiese valido una pena relativamente ligera.